El Blog de Raúl Romero

Arte y psiquiatría: EL COLOSO

Raúl Romero: la obra póstuma. “El Coloso” presenta al propio pintor. Su dolor. Su estado mental… su final.

En la historia, durante siglos, se consideraba que una obra de arte –una pintura, un libro, una escultura, un poema, una sinfonía- era una producción que llegaba al mundo en forma casi milagrosa, aislada de la mano y del cerebro que la crearon. Hoy, el concepto ha cambiado, y sabemos a ciencia cierta que para poder apreciar en su plenitud por ejemplo una pintura, ésta debe ser considerada a la luz de su creador, porque la tela es el medio a través del cual un individuo de espíritu creativo trata de realizarse a sí mismo y donde transmite a los demás su pensamiento. La psiquiatría moderna acepta el punto de vista de que la temática, las pinceladas, los colores, incluso los detalles, reflejan el modo que una persona ha elegido para estampar su personalidad sobre un lienzo virgen, en blanco.

Los ejemplos son múltiples, y muy variados, y cada uno de ellos sorprende más que el anterior porque alcanzar la genialidad conviviendo con cúmulos de problemas, dificultades de personalidad, trastornos en sus propias existencias, convierte en más valioso si cabe el resultado final de sus trabajos. El alcoholismo de Edgar Allan Poe, la sexualidad de Oscar Wilde, Bacon o Truman Capote, las relaciones incestuosas -no suficientemente esclarecidas- de Lord Byron o de José Asunción Silva, las crisis afectivas de Van Gogh, la ciclotimia de Dickens, la depresión de Hemingway, la paranoia de Dalí, -la lista se haría interminable- son evidencias que confirman la teoría de que el hombre se esfuerza y lucha por realizar, en el mundo que encuentra al nacer, el personaje imaginario que constituye su verdadero Yo.

Puesto que una obra de arte puede influir profundamente en la mentalidad de los hombres, es de suma importancia conocer las características tanto normales como anormales de su autor, para que la relación entre éstas y la obra terminada pueda ser comprendida y con ello enriquecer nuestro conocimiento de la misma. Todos hemos tenido la experiencia de haber leído en alguna ocasión un poema o un cuento de un autor desconocido, que inesperadamente enriqueció nuestra existencia o nos abrió algún nuevo horizonte; pero cuánto mayor hubiera sido nuestra comprensión de la obra si hubiéramos sabido algo de la vida, la lucha, los ideales y aún los sufrimientos de su autor. Porque conocer su biografía -no sólo la relación histórica de los hechos de su vida, sino también su herencia biológica, el desarrollo de su personalidad, los conflictos de su alma-, es ver con una mejor perspectiva y en una trascendental dimensión del tiempo, lo que él y su creación representan. La creación artística es muchas veces resultado de la tensión y de conflictos interiores. Lo importante de un genio o un artista no es lo que tiene en común con los demás seres humanos, sino más bien lo que le separa de ellos: el porcentaje de sus extravagancias o de sus perturbaciones íntimas.

Pero afortunados los que poseen el don del arte, porque al lograr en su obra la expresión sublimada de los conflictos, obtienen una acción terapéutica para su espíritu, que no les podría ser proporcionada por todos los psiquiatras del mundo juntos.

¿Acaso Romero se fijó en el Coloso de Goya para también transmitir el final de su enfermedad?

 

Raúl Romero: la obra póstuma.

El Coloso de Goya (¿o es de Asensio Juliá?) es una de las obras más importantes del Patrimonio Cultural español, y sirve como referente a la obra que vamos a comentar. Reflejo del pintor, y de su estado de ánimo y etapa, muy analizado, estudiado al detalle y modelo psíquico de la etapa final del pintor. Igual ocurre con este otro Coloso, el cuadro que ocupó los últimos meses de vida de Raúl Romero, y en el que se plasma, resume y visualiza buena parte de su perfil biográfico y pictórico.

El Coloso presenta al propio pintor. Su dolor. Su estado mental… su final.

Sobre un fondo onírico que solo él sabría descifrar, una figura masculina de proporciones “gigantescas” –atendiendo al conjunto de su obra-, permanece inmóvil, semidesnudo, sin ojos ni pies definidos, y con las manos sujetando un estado atormentado del que, posiblemente, le resultó imposible escapar. Cientos, miles, de puntos milimétricos conforman minuciosa y metódicamente la parte al detalle de los más de dos metros de altura que tiene el lienzo, y el TOC a través de su pincel, trastorno obsesivo compulsivo, fue el encargado de pintar el conjunto final. Piernas y abdomen firmes, pero sin camino: sombras y luces, óleo a puñaladas, horizonte interior con la mirada baja que día a día le condujo a su final sin retorno. Como siempre, inacabado, “imperfecto”, demoledor.

Si en vida jamás se atrevió a exponer, es obvio decir que este lienzo –póstumo- solo él podía verlo. Nadie en el estudio, nadie mirando, nunca nadie a su alrededor. Soledad hedonista, genialidad para la historia. Sobre la tela, como si de un mensaje del más allá se tratara, al descubrirlo somos nosotros quienes nos llevamos las manos a la cabeza y los biógrafos tratan ahora de descubrir los porqués de la intensidad del color, cuando casi siempre era oscuro, el tamaño inusual de la obra y, especialmente, el título. “El Coloso Vs Macbeth”, casi como un guiño de soberbia, -¿el coloso es él… contra Shakespeare?-, de manera egocéntrica asociar/se la tragedia que dramatiza los efectos dañinos, físicos y psicológicos, de la ambición política, en aquellos que buscan el poder por sí mismos, y más aun si leemos la multitud de notas y apuntes manuscritos por el autor en el reverso del bastidor. Impresiona, sin duda, pero es inigualable.

Resulta asombrosa la opinión de los psiquiatras al observar el cuadro. Penetra en la oscuridad del autor, y demuestra que lo asombroso no tiene nada de sencillo. Ni siquiera los más expertos (Dr. Balbín y Dr. Moure), analistas clínicos, saben bien relacionar el origen del arte en la mente humana -¿hombres, mujeres? – y aun menos porque lo hicieron, pero en el caso de Romero dibujar “era su propia vida”, lo necesitaba como el aire y hasta el último momento “habló” pintando. Sus tendencias de “configuración” artística nacían de la necesidad de distinción, de no poder relacionarse, jugar ni reír, del deseo oculto, del poder, del sexo, o del miedo. Y no es nuevo en la historia del arte, porque según las teorías de Hans Prinzhorn, psiquiatra que coleccionó miles de producciones artísticas de enfermos mentales en la Clínica de Heidelberg (1919-1922), documentó de manera científica seis pulsiones creativas en los enfermos, niños y seres humanos: expresión, juego, dibujo ornamental, ordenación compulsiva, copia obsesiva y construcción de sistemas simbólicos. Raúl Romero ARTISTA, es reflejo de todas ellas y ejemplo real entre el arte y la psicopatología. No en vano, “originalidad” significa regresar al origen, y ese es el venero y el impulso apreciable y apreciado en las producciones artísticas de los enfermos mentales. En todo caso, absolutamente genial.

El lienzo jamás había sido expuesto, ni había salido del estudio del propio pintor, y se encuentra por vez primera –con autorización expresa de los propietarios actuales- en la Galería de Arte Léucade, en exposición antológica, hasta el próximo 25 de junio 2017. Una oportunidad exclusiva.

El coloso Vs Macbeth”, obra póstuma 2012-2013. Raúl Romero Altares.

Técnica mixta óleo y témpera en lienzo sobre madera y bastidor, 205 x 110 cm. Firmado.

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