El Blog de Raúl Romero

“El niño de las cerezas” | Édouard Manet

Entre “mis pinturas favoritas”, en esta ocasión, un retrato de composición sencilla, pero de gran calidad y expresividad del pintor Édouard Manet (París, 1832-1883), figura fundamental en la transición del realismo al impresionismo. Manet rescató la pintura del academicismo realista y en sus escenas supo introducir importantes novedades temáticas y técnicas, lo que le enfrentó al arte académico. A pesar de ello alcanzó gran notoriedad y su pintura fue defendida por los artistas de vanguardia.

Este retrato oculta, tras la alegría irreverente del modelo, la trágica suerte de su destino. Alexandre, adolescente de origen humilde, que trabajó para Manet limpiando sus pinceles y posando ocasionalmente para él, acabó suicidándose en el atelier del propio pintor en la calle Lavoisier. Tenía quince años y lucía un semblante risueño propio de su edad, pero debido a la afición desmedida «por el dulce y sobre todo por el alcohol», después de una bronca con el pintor, se ahorcó con la cuerda de un saliente del armario. Apenas habían transcurrido unas horas cuando Manet, al volver a su estudio, halló su cadáver. Aquel bisoño asistente de mejillas sonrosadas que posaba ocasionalmente para el artista se convirtió en el protagonista de uno de sus cuadros más notables, y tal vez su obra maldita. Profundamente afectado por la muerte de su asistente, Manet terminó la composición en el taller de la calle de la Victoire, donde se mudó a consecuencia de lo sucedido.

La pintora Berthe Morisot evoca este triste acontecimiento en un cuaderno de apuntes en el que hace referencia a la pintura, en tiempos, perteneciente a su marido, Eugène Manet, hermano del artista. También Charles Baudelaire encontró en este episodio inspiración para un cuento dedicado a Manet, La Corde (La Cuerda), inicialmente publicado en Le Figaro, el 7 de febrero de 1864, y posteriormente editado en la compilación Le Spleen de Paris.

En él, Baudelaire pone en boca de Manet estas palabras: “Más de una vez posó para mi y lo transformé en gitanillo, en ángel y en amor mitológico. […] Solo debo decir que a veces este hombrecito me sorprendía con singulares crisis de tristeza precoz y que pronto manifestó un inmoderado gusto por el azúcar y el licor. […] ¡Cual no fue mi horror y mi sorpresa cuando al volver a casa lo primero que vi fue a mi hombrecito, mi alegre compañero de vida, ahorcado en un saliente del armario!”. La madre del muchacho pidió a Manet la cuerda con la que éste se había ahorcado con el macabro objetivo de vender pedazos de la misma a los vecinos del inmueble: “Comprendí por qué la madre necesitaba conseguir la cuerda y con qué negocio pretendía consolarse”.

Esta obra de juventud, adquirida por Gulbenkian en 1910, cuya inspiración deriva de Caravaggio y de la pintura holandesa de género del siglo XVII, se inscribe en una tradición realista de representación, con un muro bajo de piedra que delimita el espacio de la composición. Al tema inmediato del cuadro, un retrato, Manet asocia otro, una naturaleza muerta compuesta por cerezas, alegoría de los sentidos.

Por otro lado, existe un modelo de modernidad subyacente a la representación de lo cotidiano como tema de pintura, concepto que se inscribe en una óptica Baudelairiana de afirmación de la realidad contemporánea. Sin embargo, es probable que Manet rehiciera las manos del muchacho, ya que estas evidencian la calidad plástica y estilística característica de trabajos de ejecución posterior.

La figura de Alexandre aparece también en un grabado de 1862, titulado El muchacho y el perro (Bibliothèque nationale, Paris), trabajo perteneciente al cuaderno 8 Gravures à l’eau-forte par Édouard Manet, editado por Alfred Cadart.

Texto: Luisa Sampaio.
Conservadora, Fundaçao Calouste Gulbenkian (Lisboa)

 

Édouard Manet (París, 1832-1883).
El niño de las cerezas, c. 1858-1859.
Óleo sobre lienzo, 65,5 x 54,5 cm.
Fundación Calouste Gulbenkian, Lisboa.

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