El Blog de Raúl Romero

Raúl Romero Altares (Madrid 1955-Peguerinos 2013) el artista solitario. Análisis y estudio de su obra.

La obra de Raúl Romero sorprende, no deja indiferente, despierta el interés por conocer al artista. Muchos son los interrogantes que surgen de la contemplación de sus dibujos y óleos, de ahí que este trabajo tenga por meta aportar luz sobre su vida y obra. Porque desde el conocimiento toda expresión artística  resulta mas atractiva. Sin embargo, pocas son las referencias que tenemos sobre él. Ese es el propósito de este trabajo, establecer etapas, encuadrar su producción dentro de los movimientos artísticos de su época, así como recoger testimonios que enriquezcan su perfil humano. Partimos de los recuerdos, documentos y testimonio de la que fuera su mujer, Victoria Martinez, que con esfuerzo y dedicación busca poner en valor la inmensa producción de este artista, hermético y solitario.

La primera tarea del historiador es situar al artista en su contexto, analizando influencias y fuentes de referencia, y en este sentido su marcado eclecticismo complica la tarea de establecer etapas o períodos cerrados. El artista se escapa a las cronologías, vuela libre en su búsqueda expresiva, retomando asuntos y corrientes estéticas. Así en aras de una mejor comprensión, seguiremos su trayectoria vital como hilo conductor del relato.

Del panorama artístico surgido tras la segunda Guerra Mundial, falto de perspectivas y denostadas las vanguardias, emerge un nuevo concepto de artista volcado hacia su mundo interior, como única fuente de inspiración. Surge el arte como expresión y reflejo del subconsciente, el último refugio que le queda al artista, frente a un mundo cruel, destruido. De esta forma hablamos de corrientes expresionistas mayoritariamente abstractas que coexisten con otras más figurativas, dicho esto de forma poco tajante. Bajo estas premisas ambiguas viaja la obra de Romero, basculando de forma natural entre la abstracción pura y la figuración, en ese viaje al interior de sí mismo, para exorcizar sus fantasmas hasta convertirlos en arte.

De otra parte el ámbito artístico español del último cuarto del siglo XX, contexto de la obra de Raúl Romero (en adelante RR), superado el expresionismo abstracto americano y el informalismo europeo, se caracteriza por lenguajes personales, con múltiples resonancias y referencias de todo tipo, que se acercan a cierto eclecticismo formalista. Se confirma un regreso a la pintura desde las creencias de cada artista y esta reconquista de la libertad supone una reivindicación vaga del expresionismo, pero articulado en pequeños grupos o corrientes locales, sin que ninguna se imponga de forma dogmática como afirmación del arte.

Así, en este paisaje heterogéneo de principios de los años 80 iniciará su carrera artística Raúl Romero, siendo su obra fiel reflejo del panorama español. Sin olvidar por otra parte, la influencia de la mejor tradición española de grandes pintores como Goya y Velázquez.

Estética y psicología, pintura y refugio. Vida, infancia difícil y fuertes tensiones personales, le llevan al aislamiento en busca de paz y silencio.

Sabemos a través de Jaime Sánchez Alonso (1955), pintor y compañero del artista en la facultad, que durante su formación disertaban sobre estética y pintura. Recuerda a Romero fatalista, de un humor negro y una visión del ser humano indefenso ante un mundo lleno de amenazas.

Esos “Niños ciegos”, trabajo de facultad de 1978, que podrían ser el artista y su hermana, cogidos de la mano parecen perdidos y tristes.

Romero los sitúa en un espacio carente de referencias espaciales que los hace más desvalidos.

Esta obra de juventud  recoge ya referentes de la pintura europea fusionados con la huella velazqueña de ese fondo neutro, de color ocre oscuro.

Artista de amplia formación es muy posible que conociera el expresionismo abstracto americano, fruto de los movimientos de postguerra. De esta manera debieron de dejar huella pintores como Arshile Gorky (1904-1948) y su lienzo “El artista y su madre”. Son evidentes e intensas las resonancias estéticas en ese trabajo de facultad, pero el tema -la familia- acabará convirtiéndose en asunto recurrente en la producción de Romero.

 

ETAPA FORMATIVA (1973- 1979)  

Raúl Romero Altares nace en Madrid en 1955. Allí transcurre su infancia a caballo entre la residencia paterna del barrio de la Latina y la casa de los abuelos maternos en Argüelles, donde acabará viviendo de forma permanente. Comienza a dibujar a los diez años bajo el ejemplo de su padre, pintor aficionado. Mostraba ya una enorme habilidad para esta disciplina, como queda reflejado en este pequeño retrato de su abuelo materno, Jose María Altares. Magnifico estudiante en el Instituto Ramiro de Maeztu, destaca por sus brillantes calificaciones en la asignatura de dibujo. Bajo una infancia difícil, marcada por el prematuro fallecimiento de su hermana y las estrecheces económicas, el dibujo se convirtió en válvula de escape y refugio, frente a la soledad y las carencias afectivas. Tendremos ocasión de incidir sobre esta disciplina como columna vertebral de su obra.

Aunque no fuera del agrado de sus padres, Romero decidió en 1974 iniciar estudios en la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Allí entrará en contacto con algunos profesores determinantes para su obra; Francisco Echauz (1927-2011) representante de la corriente expresionista de vanguardia de los años cincuenta y catedrático de dibujo, será el que ejercerá mayor influencia sobre el artista y Agustín Úbeda (1925-2007) miembro de la Escuela de París, a caballo entre el expresionismo figurativo y el surrealismo, será un referente cuya influencia podemos apreciar en la producción de RR.

Comienza a trabajar para pagarse los estudios, primero en la Editorial Hiares en 1977. Como diseñador grafico e ilustrador crea imágenes y fotogramas a modo de recurso didáctico para el profesorado sobre la Historia del Arte Español. Dos años más tarde como colaborador en la desaparecida galería Treco aprende las labores de la enmarcación, además de establecer contacto con otros artistas y galeristas como Marta Duran, los hermanos Algora ceramistas y pintores, Jose Mª Adillo, Fausto de Lima, etc. Como más adelante veremos, los ecos de esta actividad juvenil quedarán patentes en el tratamiento y los acabados que proporciona a sus piezas.

Excelente estudiante finaliza sus estudios con Matrícula de Honor, prueba de ello son los cuatro dibujos que la Facultad de BBAA conserva en la actualidad, situados en el aula de dibujo F. Echauz. Este fue realizado por Raúl Romero cuando tenía 21 años y revela el temprano dominio de la técnica y anticipa el potencial de su obra.

Fue un alumno de gran impacto entre sus compañeros, como señala Jaime Sánchez Alonso, artista también de fuerte expresionismo y larga trayectoria, que no ha olvidado a Raúl. Todavía recuerda la fuerza de sus figuras que parecen atrapadas, sin ojos y volcadas hacia adentro, como “La Tía Lola niña”. Es innegable que ese sentido trágico y determinista está presente en la obra de ambos artistas.

Ambos exponen en 1979, junto al resto de compañeros de la promoción, en la desaparecida Galería Bética. Fue una exitosa exposición de crítica y ventas, de la que Sanchez guarda buenos recuerdos.

RR vendió los cinco dibujos expuestos y llama la atención de Manuel Augusto García Viñolas, periodista de amplia trayectoria, crítico literario, culto y apasionado del arte, explorador dispuesto a descubrir nuevos talentos.

El periodista murciano ejerció durante casi veinte años como crítico de arte en el diario Pueblo. En julio de 1979 en la sección -Las artes y los días,

Abierto por vacaciones- escribe la reseña “Raúl Romero, un creador generoso” especialmente atractiva por la escasez de testimonios sobre el artista. Nos relata sus impresiones y le describe “reposado y silencioso…de concentrada intimidad”.

Recoge también las referencias estilísticas del pintor, de Francis Bacon (1909-1992) a Juan Barjola (1919-2004).

Destaca la abundancia de dibujos, apuntes, manchas de color, bocetos y pruebas, frente a “apenas unos cuantos lienzos”. Le considera en pleno proceso de efervescencia y creatividad, de gran personalidad y con un tremendo dominio del dibujo, “que tiene vida propia”.

Al crítico de arte le atraen sus espléndidos dibujos, que fue adquiriendo a lo largo de los años, tres de los cuáles han pasado a formar parte de la Fundación Mapfre, mediante la donación de parte de la colección del periodista en el año 2005.

Es interesante señalar el temprano interés de Romero por los procedimientos pictóricos. Interés que parece ir más allá de la propia investigación y búsqueda de nuevas formas expresivas.

Parece inclinarse por la esencia de la materia y su soporte. Incluso el marco, como estructura que protege y complementa una pintura, es en ocasiones confeccionado por él mismo, hasta convertir la pieza en un objeto, fuera de su espacio bidimensional. Un trabajo así nos habla de perfeccionismo, de gusto por los procesos artesanales. No solemos interesarnos por el reverso de las pinturas al óleo, que suele ser el simple soporte que sostiene la imagen, sin embargo en determinadas piezas del artista es todo un placer admirar sus acabados.

Como trasfondo pictórico aparece -La familia-, asunto recurrente a lo largo de toda su trayectoria. Retratos como los de Tía Lola, abordado inicialmente por encargo familiar y que tanto impactaron a sus compañeros de facultad, así como los de sus padres, hermanos, su mujer y su hijo ocupan gran parte de los temas de forma obsesiva. Familia como núcleo de parentesco y convivencia que puede ser fuente de felicidad, pero también de dolor y frustración. Una infancia difícil es algo que RR comparte con otros artistas, que necesitaron la pintura como poder terapéutico. Fuera del tópico, nos ayuda a entender su obra.

 

DECADA DE LOS AÑOS 80.-

Al terminar los estudios debe marcharse a Granada a realizar el servicio militar. Allí no abandona la actividad artística, ya que trabaja en óleo sobre pequeño formato de madera el paisaje granadino y realiza varios encargos de temática militar para los altos mandos. En su taller se conservan diversos bocetos de figuras con atuendo militar decimonónico.

Con su vuelta a Madrid a principios de 1981, inicia dos décadas marcadas por un fuerte eclecticismo y una constante experimentación. Trabaja como profesor de dibujo en el Colegio de los Salesianos. La búsqueda de ingresos regulares y estables es para el artista una necesidad imperiosa, quizá por la constante presión familiar, aunque no debemos olvidar sus profundas inseguridades a la hora de iniciar la difícil e incierta carrera como pintor. Por ello no tardará en iniciar la preparación del concurso-oposición MEC, para cuerpos docentes de enseñanzas artísticas y de diseño, que aprueba en 1985, siendo destinado a Toledo. Allí no solo conocerá a la que sería su mujer Victoria Martínez, con la que se casaría dos años después en Madrid, sino que también nacerá su hijo Felipe Romero.

La segunda mitad de la década supondrá continuos traslados como profesor de instituto; Toledo, Aranjuez, de nuevo Toledo. Este movimiento pudo quizá condicionar la elección del formato, optando por trabajar sobre papel de 100×70 en su primera serie de manchas abstractas.

En sus dibujos apreciamos diversas técnicas y materiales; tinta aplicada con plumilla, o combinada con tempera, acuarela, aerógrafo, y grafito. Este tipo de formato y soporte ofrece facilidades de manipulación y almacenaje frente a otras técnicas más sofisticadas como el lienzo.

Los años centrales de esta década constituyen su etapa más luminosa y colorista, con una viva paleta cromática, quizá reflejo de un cierto expresionismo optimista ante una prometedora vida familiar. Con treinta años su vida cambia; forma una familia y disfruta de ingresos estables como profesor titular de dibujo.

En 1985 firma un contrato como escenógrafo-colaborador en los espacios dramáticos de TVE en Prado del Rey. Ese año recibe el encargo de realizar una serie de retratos de los protagonistas de la obra de teatro “A Electra le sienta bien el luto”, producción de Televisión Española que se estrenó al año siguiente, el 7 de abril de 1986. Por alguna razón que desconocemos el plantel del estreno compuesto por Jose Mª Rodero, María del Puy, Manuel Galiana, Jose Luís Pellicena y Victoria Peña, no coincide con los retratos ejecutados por Raúl Romero, ya que el retrato de Lola Herrera se encuentra entre ellos. Obras todas de gran formato, lienzos al óleo de 195 x 114cm, se conservan en la actualidad en el organismo público.

El dibujo tiene, en palabras del artista “principio y fin en sí mismo”, siendo un medio de expresión en el que se siente libre y cómodo. Es un recurso artístico accesible en el ir y venir de casa en casa, durante los traslados por diferentes institutos de Toledo y Aranjuez. Es la práctica directa para un artista que necesita expresarse en un medio plástico, sin complicaciones…… solo mente, mano y el papel.

En esta línea continúa con los trabajos de carboncillo, bocetos y estudios del natural, por los que se interesó en sus comienzos, que le mantienen la firmeza y soltura de trazo y que durante dos décadas será parte esencial de su quehacer artístico. Esa mano que ya era excelente durante sus primeros años y que ahora va adquiriendo la personalidad de RR.

El espíritu heterogéneo característico de la España del último cuarto del siglo XX, se verá reflejado en su proceso experimentador, en sus series de manchas de color, que recogen diversas corrientes de abstracción emocionada; expresionismo, informalismo, cubismo analítico y sintético. Obras con volúmenes y composición equilibrada, así como colores exquisitamente combinados. En este ejercicio artístico las manchas son un excelente medio para expresar su personalidad.

En sus lienzos siempre empleó el óleo, porque el uso de materiales sintéticos no cabía en su concepción clásica del arte. Ese espíritu artesano y perfeccionista le lleva a elaborar sus propios soportes pictóricos; compra el lino, cuece la cola de conejo y ensambla el bastidor, aplica la base de preparación, muele y mezcla los pigmentos con el aceite, todo salido de su noble idea del arte.

Además como soporte emplea cartón, tablex de madera fina, el papel adherido al lienzo que aporta solidez para aplicar diferentes técnicas que conlleva gran fricción, todo en formatos reducidos, con mayor libertad de ejecución. Sus lienzos en esta década muestran a un artista en plena experimentación. Los asuntos que aborda en sus obras son muy variados y a veces de difícil clasificación.

En sus inicios y solo de forma puntual aborda el paisaje de pequeño formato junto a su amigo el pintor Jaime Sanchez, en los alrededores de la Catedral de la Almudena y posteriormente durante su estancia en Granada, cumpliendo el servicio militar, interpreta el paisaje granadino con pincelada corta y espesa.

Para las series de manchas practica el bodegón y la figura en clave colorista, que no obstante con el paso de los años se tornará más parda y oscura.

No podemos olvidarnos de sus retratos, La chica de la mantilla, La niña del gato, sus hermanos, sus padres, su mujer, el crítico García Viñolas, personajes cercanos a los que pinta del natural, mediante fotografías o como fruto de su potente imaginación.

Rostros en donde las miradas están erradicadas, como en un estado de ceguera en medio de la oscuridad, de un entorno hostil. Crear y no mostrar debió de ser una fuerte dicotomía para un pintor que siempre trabajó solo, sin compartir su lenguaje.

 

 

DECADA DE LOS AÑOS 90.-

En Romero vida y pintura se encuentran estrechamente relacionadas y por eso, su traslado como profesor de dibujo al Instituto Manuela Malasaña de Móstoles en 1991, supone un cambio notable que le permitirá acceder a un taller propio donde centrarse en la experimentación. Así lo indica el propio artista en la trayectoria que elaboró en el año 2000 para la exposición de Caja Madrid en Manzanares, Ciudad Real. Esta semblanza es la única voz del artista, base de esta catalogación, junto con los escasos testimonios de  quienes le conocieron, buscando un relato coherente de Raúl Romero. Aunque limitada a sus primeras décadas, nos aporta fechas e hitos de su profesión, así como pequeñas pautas para entender su obra. En 1991 apuesta por el ensayo de “nuevos modos de interpretar la figuración, utilizando los procedimientos pictóricos tradicionales”, lo que es toda una declaración de intenciones. Aunque su espíritu ecléctico ha transitado por diferentes vertientes abstractas durante dos décadas, a fin de siglo se declara artista figurativo. Al mismo tiempo nos revela su interés por las técnicas “tradicionales”, es decir pigmentos al óleo y lienzos que el mismo preparaba, sin que tuvieran cabida en su taller acrílicos ni soportes industriales.

Fruto de esa investigación artística combina diversos soportes en sus obras; madera (contrachapado), papel sobre arpillera o cartón piedra, lienzo sobre tabla dispuesto en bastidor, con el fin de obtener una superficie pictórica más rígida. De esta manera podrá superponer sobre el dibujo diferentes capas, combinando témperas, tintas, óleos, para lograr texturas y grafismos muy personales.

Artista de fuerte imaginación y capacidad pictórica en 1993 inicia una serie de retratos imaginarios de autores y de personajes literarios, que se mueven entre el surrealismo y el expresionismo. El retrato y el autorretrato como centro de su producción figurativa, como arquetipo del propio artista, con la figura o el rostro en el centro de la escena, rodeado de fragmentos literarios. La introducción de textos en sus obras nos habla de su afición por la poesía y literatura, con Kafka como autor de cabecera. También de pensamientos, de sus “monólogos” como nos recuerda su viuda. Porque su trabajo nace de la reflexión, de la poesía y se sostiene en una iconografía muy personal, que ahora adquiere carácter con recursos estilísticos propios basados en la fragmentación del espacio compositivo, la búsqueda de texturas de fuerte vibración, junto a grafismos, líneas y puntos, multiplicados hasta el infinito.

Merece la pena volver sobre el vínculo entre el pintor y el crítico Manuel G. Viñolas, que transcurridos casi veinte años, reseña su primera exposición en solitario en la Galería Jacomart. De esta amistad dan buena cuenta los más de una docena de retratos, de similar formato, encuadre y paleta cromática, en óleo/lienzo/tabla sobre bastidor o tempera sobre papel. De esta serie de rostros iniciada en 1993 y que Romero llama –retratos imaginarios-  forman parte también otros tantos retratos de Victoria, su mujer.

En los años centrales de esta década y como válvula de escape a sus tensiones, el artista vuelve a trabajar diariamente el dibujo del natural en el Círculo de Bellas Artes. Se conserva abundante material en carboncillo, lápiz, sanguina sobre papel.

De otra parte, en el ámbito más personal, empieza a sufrir severos procesos de depresión, desencadenados por tensiones laborales, que oscurecen su carácter y le originan largas bajas laborales. Fue un profesor comprometido, se preparaba con meticulosidad las clases, escribía los exámenes a máquina y sin embargo vivía con decepción la falta de interés de los alumnos.

En el ámbito de las machas sobre papel, continúa su trabajo apostando por una paleta mas reducida y oscura, en sintonía con las tensiones internas no resueltas que empiezan a condicionar obra, vida y familia. Además y como una vertiente experimental dentro de este asunto, encontramos casi una  quincena de piezas con un tratamiento técnico diferente. Se trata de óleos sobre tabla, inspirados en el action painting o pintura en acción, técnica que intenta expresar sensaciones a través del color y la materia. Es una corriente gestual abstracta surgida en EEUU en el siglo XX y cuyo mayor exponente fue Jackson Pollock (1919-1956). Las obras de Romero presentan una pintura abrupta y empastada, de grandes aglomeraciones pictóricas que cubren toda la superficie del soporte y que en ocasiones están mezcladas con objetos (tubos pintura, cucharas o tapones). El arco cronológico de estas pinturas es muy reducido, lo que nos lleva a pensar que aborda esta corriente únicamente durante los años centrales de la década.

No podemos olvidar la vertiente expositiva de todo artista plástico que, en el caso de Raúl Romero sabemos fue vivida con tensión y rechazo. A finales de esta década expondrá su obra de forma individual en dos ocasiones; en la Galería Jacomart de Madrid en 1996 y en Caja Madrid en Manzanares, Ciudad Real, en mayo de 2000.

En la primera de ellas llama la atención la ausencia de su temática más cubista y colorista, quizá por no tenerla en consideración. Figuras antropomorfas, manchas al más puro expresionismo, desnudos al carboncillo y esa figuración tan personal y siniestra de fuerte impacto constituyen el cuerpo artístico de la exposición.

Transcurridos ya tres lustros de producción artística, esta tardanza en exponer concita numerosos interrogantes. Especialmente teniendo en cuenta dos circunstancias que a priori, podrían haberle sido favorables. Me refiero a su trabajo en la galería Treco, con todos los contactos que esta actividad podría conllevar, así como el éxito que experimentó en aquella muestra colectiva en la Galería Bética, al terminar su formación universitaria.

Es natural preguntarse las razones por las cuales no expuso en todos esos años. El único testimonio del que disponemos nos lo aporta la que fuera su mujer, Victoria Martinez. Ella y su hijo Felipe Romero son los herederos y gestores de la colección RR. En este sentido su testimonio es claro, el artista pintaba para sí mismo y sentía pavor a mostrar sus obras. De manera que solo la insistencia de sus familiares logró animarle a exponer en esta ocasión, así como cuatro años después, en Manzanares (Ciudad Real).

En el año 2000 en la sala de Caja Madrid, olvidados de nuevo determinados experimentos inspirados en las vertientes artísticas de principios del siglo XX, además de sus temáticas habituales (dibujos, manchas y figuración) incorpora trabajos iniciados un año antes y denominados por el propio artista -dibujos de figuras antropomorfas-. Son piezas de pequeño formato (30x21cm) que vendría a ser una faceta del dibujo, como esencia de su medio expresivo, en la que vierte su imaginación. Figuras pequeñas flotando en un fondo neutro, sin referencias, aisladas, solitarias aunque estén próximas unas a otras, sin interactuar. Son personajes con las deformidades de los seres imperfectos y atormentados. Ese sentido determinista de la vida está presente en sus trabajos pictóricos; manchas, collage, retratos y son la expresividad de una visión fatalista de la vida. Temas obsesivos; muerte, dolor, abandono y soledad trabajos de paleta cromática oscura y pincelada empastada.

Quizá la influencia más destacada en el trabajo del artista madrileño la encontramos  en el expresionismo de vanguardia de los años 50, con una patente reminiscencia del genial artista irlandés Francis Bacon (1909-1992. A quien recordamos definiendo su arte como “autobiográfico”, lo que de igual manera es asignable a la obra de Romero.

También suscribimos enteramente las palabras de García Viñolas, ya que la obra de RR nace de los profundos silencios de un pintor que se retiró en su juventud a los adentros de sí mismo y que fue un espeleólogo escrupuloso de su obra. Así, en este sentido encontramos trabajos con una figuración que se ha vuelto más oscura, adquiriendo en estos años personalidad, deformación y alargamiento. Porque la depresión avanza sin tregua, dificultándole su labor educativa y artística.

 

ETAPA DE MADUREZ 2000-2013 rayismo y puntillismo.

En el ámbito laboral esta década se inicia con serias dificultades para asumir su trabajo de profesor de dibujo, diseño y plástica. Los problemas físicos y psíquicos desembocan en la incapacidad laboral concedida en 2006, a partir de la cual se entregará por completo a su labor creativa.

En 2004, buscando la paz y el contacto con la naturaleza el matrimonio se traslada a Peguerinos, provincia de Ávila. Allí Romero, rodeado de pinos y aire puro, sintetizará su inconfundible estilo. Todavía se conserva su taller en la buhardilla, con todos los materiales, pinturas, dibujos y óleos fruto del trabajo de toda una vida. Allí pasara largas horas de trabajo y lectura. Su peculiar idiosincrasia no le permite mostrar su obra, solo pintaba para él mismo, sin público ni críticos. Ya nada saldrá de su estudio, salvo una furtiva plumilla con aguada titulada “Huertas” de 30x20cm, que fue expuesta en la colectiva Rarum, del Centro Cultural Ibercaja de Teruel, celebrada en 2004.

En homenaje a la tierra como motivo de la muestra, compone un paisaje de puro rayismo, que cubre todo el espacio compositivo. Al colocar tan baja la línea del horizonte, el cielo alcanza pleno protagonismo, vibrante y perturbador, como un entramado poblado de serpientes de oscuro presagio.

Orillados ya los temas de etapas anteriores y depurado su estilo, apuesta de forma enérgica por la figuración como síntesis o fusión de sus asuntos; retratos de su familia, de sí mismo, de García Viñolas. Solo queda -La figura- ocupando todo el espacio compositivo, sin referencias espaciales, ni objetos que nos distraigan del asunto central. Como alter ego del propio artista, la forma queda envuelta en un grafismo prieto, minucioso y continuo.

Largo y tedioso es el trabajo previo de perforación de plantillas, con las que consigue el efecto cromático-puntillista. La familia conserva una fotografía en donde se le ve horadando, con una enorme precisión, miles de orificios en las láminas de plástico. Ocupación como terapia. La pintura es su válvula de escape y ahora surgirá su producción más genuina. Espacios pictóricos en una suerte de horror vacui, de miedo al vacío. Soportes en papel de pequeñas dimensiones, pegados a cartón piedra, donde  volcar su imaginación a través de trazos múltiples envolviendo figuras contorsionadas. Rayismo y puntillismo como una suerte de cortina, de bruma, de aislamiento, que solo parece quedar liberada en esos curiosos círculos que presentan algunas obras, como pequeños ojos de cerradura que nos permiten ver la textura, la piel del cuadro, su esencia.

Arte y poesía siempre estuvieron fusionados en su obra, con especial relevancia en esta etapa, donde introduce textos poéticos en el reverso de algunas piezas. Como esta que mostramos del 30 de octubre de 2005, una versión de su pose más emblemática. Se trata de una obra sobre papel adherido a un soporte más grande de cartón piedra como marco o presentación. En el reverso adhiere un texto escrito a máquina, que con afán de registrador minucioso fecha de forma completa. Estampilla hasta en tres ocasiones su firma, quizás como autoafirmación. Obra carente de título, sin embargo aparece escrito a mano “mujer” en el poema.

Veremos en estos años una peculiar adaptación de trabajos anteriores en una suerte de revisionismo. Queremos decir con ello que retoma asuntos y bocetos, que son recreados bajo un estilo perfectamente definido. La razón que me lleva a esta consideración se basa en dos claros parámetros; temática y datación de sus obras. Ya he mencionado la constancia con la que el artista dejaba testimonio del momento exacto de su creación.

En el reverso de este óleo sobre tabla en bastidor de pequeñas dimensiones, puede leerse con letras de imprenta, Madrid/Raúl Romero Altares 1975?-2006. Resulta llamativo que haya establecido un arco temporal tan amplio. Con este simple gesto deja constancia de su evolución artística a lo largo de treinta años y cierra así el círculo de su obra. Además este cuadro pulcramente rematado, nos muestra su gusto por el trabajo bien hecho, con las cuñas que tensan el soporte reforzadas con cordeles, para que no puedan extraviarse. No es frecuente encontrar artistas  interesados en el acabado de la parte posterior de sus obras.

Volvamos de nuevo sobre el principal referente del artista, el pintor irlandés Francis Bacon, que desempeña un papel transcendental dentro de la Escuela de Londres, en la denominada Neofiguración de los años 60. Porque no solo logra una deformación de la figura de fuerte impacto visual, sino que crea el llamado –espacio psíquico- con un modo distinto de encuadrar la imagen solitaria del hombre, convertido en masa informe de carne y huesos, donde se percibe de manera angustiosa el drama de la existencia. Todo ello será fuente de inspiración en la pintura de Romero, en sus fondos de gran ambigüedad espacial, en sus bellos acordes cromáticos pardo-naranja de los años 80, en sus figuras solitarias y deformadas, todo ello bajo la personalidad, inteligencia y el oficio del artista madrileño.

He querido abordar al final el interés del autor por su propio rostro. Los autorretratos atraviesan de forma transversal toda su producción, y forman parte del ejercicio mas profundo que puede realizar un artista. Componen una suerte de biografía en imágenes, para la que no hacen falta palabras.

Vasto asunto que aúna vertientes estéticas y psicológicas; la habilidad para captar sus propios estados emocionales, el tránsito de estilos y técnicas… y el ineludible paso del tiempo. Todo ello conforma un rico y completo panorama de la figura de Raúl Romero Altares.

En línea con una personalidad meticulosa y perfeccionista el artista conservó todos sus trabajos, pruebas, bocetos o piezas terminadas. Este hábito venía de familia, ellos guardaron todo lo que hizo desde niño, lo que ahora nos permite ser testigos de su evolución a lo largo de los años.

A una de estas obras querría referirme en primer lugar, se trata de una pequeña pieza, apenas unos centímetros de masa pictórica que tuve en mis manos en el estudio del artista en Peguerinos. Parece poca cosa, porque está realizada sobre una tapa metálica de algún recipiente alimenticio. Sin embargo se nos muestra como toda una declaración de intenciones de aquel joven, que ya aspiraba a ser artista.

Es una copia de un autorretrato de Rembrandt ya mayor, pintor que se retrató en más de un centenar de ocasiones a lo largo de su vida, y que es uno de los grandes pintores del barroco holandés.

Se conservan más de una treintena de piezas desde 1974, generalmente retratos de busto o medio cuerpo, en donde dispone el tronco de semi perfil, levemente girado 45 grados hacia derecha o izquierda, como recurso para captar mejor los rasgos esenciales de la fisionomía.

Los primeros retratos muestran un joven de 18 años, de grandes ojos que escrutan el mundo, con buen dominio técnico, de trazos apretados y tonos sombríos y terrosos. Esos ojos que van difuminándose conforme pasan los años y aumenta su dificultad para mirar el mundo. Así en su proceso vital aparece la figura paradigmática, como fusión del ser atormentado que llevándose las manos a la cabeza observa a sus pies la calavera, símbolo de la fugacidad de la vida terrenal.

Su estética en este asunto va pareja a su evolución e investigación pictórica, fruto de su espíritu aventurero, que transita por distintas corrientes; realismo, fauvismo, expresionismo. Con una amplia variedad de materiales; óleos, temperas, dibujos, carboncillos, en todo tipo de formatos, con soportes en papel, cartón, tablex o tela.

De composición y trazo más clásico de los años 70, viaja a través de la búsqueda de frescura en el encuadre y estética expresionista durante los 80, con pinceladas más sueltas y abiertas. Durante la última década del siglo, irá desarrollando distintas versiones de un mismo retrato formal, en donde encontramos fuertes y variadas reminiscencias clásicas y modernas (de Rembrand a Van Gogh). Se trata de retratos de mirada ausente, de semi perfil virado a la derecha, ancha frente  y barba poblada.

La mayoría óleos y lienzo sobre tabla en bastidor, todos en formatos similares de 65x45cm, con pincelada a veces anchas otras de aire puntillista, imagen distorsionada de sombras y bruma.

Por último abordamos su obra póstuma, denominada por el propio artista, EL COLOSO (2010-2012), en donde traslada al lienzo sus dibujos más personales, fruto de años de labor ensimismada. Obra de síntesis en donde la belleza del color conforma la prototípica figura ampliamente reproducida del artista, sin ubicación espacial y con el fondo dividido en campos de color regulares y superpuestos entre sí, con diferentes tonalidades cromática a base de puntos. Grafismo de dimensión pictórica.

La belleza participa del sufrimiento, con una paleta de intensos colores, trasladando al lienzo aquellas piezas sobre papel, que muestran al hombre afligido, soportando el peso del  mundo.

Buen conocedor del arte, visitaba con frecuencia el Museo del Prado, en donde compraba catálogos y los analizaba intensamente en su estudio.

Por eso conocía la carga simbólica de la imagen de la calavera, que incorpora a sus obras en la última etapa.

De tradición barroca, representa la redención del alma en la cultura cristiana, la contemplación de la muerte como ejercicio espiritual y la fugacidad de la vida.A partir de 2011 las facultades pictóricas del artista se reducen drásticamente y los efectos secundarios de años de medicación le limitan. Ha perdido su inspiración y siente que ya no le queda nada…..

Por eso, el 30 de abril de 2013, el día de su cumpleaños, Raúl Romero Altares decidió poner fin a la aventura de su vida.


 

Cristina Inglada Fernández.
Asesora de Arte e Historiadora.